Olor a libertad (Relato)

Me faltaba el aire, no podía respirar. Abrí los ojos pero estaba oscuro y me sentía… ¿atrapada? Intenté moverme y noté que algo me lo impedía. ¡Joder, estaba atada! La cuerda que me rodeaba el cuerpo mantenía mis brazos pegados a los costados, sin dejarme un mínimo margen de movimiento. Mis piernas lo mismo, juntas y atadas… ¿qué estaba pasando? ¿Dónde coño estaba? Y sobre todo, ¿qué hacía yo en ese lugar?

La cabeza no dejaba de darme vueltas, me sentía mareada y no era sólo por la sensación de asfixia que me provocaba esa maldita cuerda, estaba como atontada, sin fuerzas, puede que drogada. Intenté zafarme de la cuerda sin mucho éxito, y cuanto más esfuerzo hacía, más me ahogaba… me estaba quedando sin aire. Y entonces la vi. Una sombra que se movía en la oscuridad, frente a mí. No estaba sola. Allí había alguien, observándome.

Grité, aullé, pidiendo que me soltase, preguntándole quién era y por qué yo estaba allí. Su imagen aún en penumbra, se estaba volviendo cada vez más nítida, sin duda, el efecto de las drogas estaba desapareciendo poco a poco. Vi cómo se acercaba lentamente mientras el miedo se apoderaba completamente de mí. Estiró su mano, estaba a punto de tocarme y cerré los ojos como si con eso pudiese evitar que llegase a hacerlo. Pero el tacto de su mano no llegaba y quise saber por qué. Abrí los ojos y esa sombra seguía estando delante de mí, con la mano alzada a escasos centímetros de mi cara, pero algo le impedía tocarme, una especie de pared invisible entre los dos. Era imposible. No lo entendía, pero no me paré a analizar la situación. Tenía que soltarme como fuese, antes de que esa pared desapareciera y ese tipo consiguiese hacerme lo que fuera que pretendía. Sabía que entonces sería mi final.

Pero no. Aún muerta de miedo, mi orgullo me impedía rendirme ante aquello y dejarme caer en un oscuro pozo del que sentía que nunca podría salir. Me revolví como pude, preparándome para poner todas las fuerzas que me quedaban en liberarme de esa prisión y salir de allí pitando, y entonces ocurrió todo, tan deprisa que no tuve tiempo de asimilarlo. Las cuerdas se aflojaron de golpe, sentí un dolor horrible en mi cabeza y a continuación unas manos que me apretaban el cuello impidiendo que el aire llegase a mis pulmones. Caí al suelo con el peso de ese hombre sobre mi cuerpo, sin poder evitar que siguiese en su empeño de estrangularme. Sentía que la vida se me iba a cada bocanada de aire que intentaba tomar y que no llegaba a darle vida a mis pulmones. Estaba a punto de desmayarme. Me estaba muriendo. Me estaban matando. Volví a sentir ese pinchazo en la cabeza, ¡qué dolor!

 

Me incorporé en la cama empapada en sudor, no podía parar de temblar. Al abrir los ojos vi de nuevo la sombra de mis sueños y empecé a gritar de puro pavor, a lo que se unieron unos gritos de otra persona… una mujer… pero ¿qué…? Encendí la luz de la lámpara que había en la mesita de noche y me encontré con la cara de Lía pegada a la mía.

—¡Joder, qué susto! –le pegué tal grito que creo que tuvo el eco de mi voz en su cabeza durante un buen rato– Lía, ¿se puede saber qué coño haces aquí?

—Perdona bonita, la que me ha dado un susto de muerte eres tú –me miró con sus grandes ojos verdes llenos de preocupación–. Pensaba que te iba a pasar lo de la última vez… Has vuelto a tener ese sueño, ¿verdad?

—Otra vez… sí –no podía mentirle, a ella no–. No sé por qué… todavía…

—Anna, debes dejarlo ya. No puedes pasarte toda la vida pensando que la decisión que tomaste no fue la correcta –sabía que tenía razón en todo lo que me iba a decir sin yo poder pararla. Lo sabía–. Sabes que sí lo fue. Los querías. Los querías más que a ti misma. Tanto que hasta pensaste en dejarlo todo de lado… todo… hasta lo que sentías…

—… por ti –se miraron sin poder evitar sonreír, con ese brillo en los ojos que no alcanzaba a expresar una milésima parte de todo el amor que compartían–. Nunca, Lía. ¿Me oyes? Nunca me he arrepentido de tomar la decisión de vivir esto, contigo. Claro que los quería. ¡Y los quiero! Siguen siendo mis padres, a pesar de que no entiendan que los sentimientos no son una oferta cerrada al comprador de la que no se pueden desviar criterios o tradiciones, que llegan y nos invaden, simplemente, y que no entienden de sexo o edades.

—Y sin embargo, sigues teniendo ese odioso sueño.

—Sí… y creo que es el firme reflejo de que todavía temo que no me quieran por ser como soy. Por lo que soy –ideas encontradas se enfrentaban en su cabeza, mientras intentaba darle un equilibrio a la pelea–. Pero seguiré luchando contra ello, hasta que ya no exista nada contra lo que luchar. Hasta que el mundo entero se dé cuenta de que el olor a libertad es la fragancia más exquisita y excitante que nadie puede vestir.

Me giré en la cama, llevándome a Lía conmigo en un abrazo hasta acurrucarnos como tanto nos gustaba hacerlo en las mañanas lluviosas de un oscuro diciembre. Ella era el motivo por el que todavía sonreía cada mañana al despertar y por el que sabía la decisión que había tomado respecto a mis padres había sido la correcta, aunque siguiese teniendo ese sentimiento de injusticia que provocaban en mí las personas que no entendían nada que fuese diferente a lo que ellos consideraban normal. No podía con esos prejuicios tan arcaicos.

— Anna… y para ti, ¿a que huele la libertad?

— A ti.

Supongo que lo que me queda es decirte «adiós»

Hola,

Sí, «hola», después de tanto tiempo, aquí estoy de nuevo. Pero esta vez no vengo a rogarte. No vengo a pedirte nada más. Ya no. Ya no me nace, ya no lo siento, ya no puedo ni debo. Aunque lo siga necesitando. Porque así es, te sigo necesitando. Para qué mentirnos, ¿verdad? Yo lo sé, y tú también. Y quizás ese sea el problema, que sigo desnuda ante ti, como siempre lo estuve. Rara, sí. Pero tan transparente que con solo mirarme un segundo sabías todo lo que habitaba dentro de mí, como ese primer día y esa primera sonrisa que nos unió para siempre. No sé porque hablo en pasado cuando estoy segura de que todavía sigue siendo así. Nos guste o no, ese «siempre» seguirá existiendo… supongo que es inevitable, los recuerdos, los sentimientos, esos no se borran ni se olvidan. No se pueden desechar ni cambiarlos por otros. Aunque pienses que ya no tienen valor y que los nuevos son mejores. Lo sabes. Y eso te atormenta, tanto como a mí me atormenta la indiferencia desmedida de la persona a la que tanto he amado.

No es justo. Simplemente no es justo que deseches absolutamente todo lo que fuimos, como si intentándolo fuese a desaparecer. Fuimos muchas cosas. Quizá demasiadas y de una forma un poco precipitada. Pero fueron reales. Todas y cada una de esas sonrisas provocadas, de las conversaciones que no queríamos que terminasen, de las películas que veíamos porque sí, incluso de todas esas lágrimas que corrían por mis mejillas y se agolpaban en tus ojos, cuando el tren estaba a punto de partir. Todo. Los «te echo tanto de menos», los «te necesito en mi vida», los «te quiero y te quiero aquí conmigo».. Todo.  ¿Lo borramos de golpe? No podemos. No es justo, ni bonito, ni leal. No es lo que prometiste y yo me creí. Tampoco es lo que yo intenté hacer posible y tú aceptaste.

No sé, supongo que cuando dejas de ser válida en todos los sentidos para una persona para la que lo has significado todo, o casi todo, no puedes esperar otra cosa. Dejas de tener valor y punto. No, no es justo. Ni tiene sentido. Y por ese sinsentido es por lo que, aunque intentes evitarlo, lo pasas mal. Te sientes una mierda. Ahora entiendo eso de ser poca cosa para alguien. Sé que suena feo, pero tú lo has dicho, las sensaciones no se controlan, y sentir esto no va a ser diferente.

Todo pasa por algo. Esa frase la aprendí de ti. Pero déjame que te enseñe yo una muy mía, como todo lo que te di en este tiempo: «No vivas encadenado a la sensación que te regaló un amor que no quiere volver, porque nunca amarás a dos personas del mismo modo. Nunca. Siempre será distinto y especial en la misma medida, pero no igual.  A partir de hoy, ama y siente con toda tu alma siendo consciente de que aquella que te quiere nunca se irá, pero tampoco volverá si la has echado de tu vida. Se quedará en una especie de limbo, deseando que seas feliz. Lucirá por siempre una sonrisa agridulce cargada de la ternura que en cada instante te cedió, de sus mejores deseos, pero también de una tristeza que llevará eternamente consigo. Porque cuando es real, lo es siempre. Y el día que te des cuenta, ya no habrá marcha atrás.»

Has decidido desaparecer por completo de mi vida y es algo que debo aceptar, aunque por más que lo intente, no lo entiendo. Nunca lo entenderé. Nunca entenderé ese “de todo a nada” tan arrollador. Pero debo asumirlo. Por mí. Por ti. Quizás realmente no sea buena para ti y por eso las cosas deben ser así. Quizá ni siquiera merezca formar parte de tu día a día como una amiga que guarda un cariño que nadie podría entender ni explicar. Quizás yo sea la pieza que no encaja en tu vida. Quizás y sólo quizás te quiera tanto que intento justificar el hecho de que no te preocupes por saber cómo estoy, si soy feliz o si necesito algo. Quizás.

Supongo que como de costumbre, mis palabras son demasiadas y seguramente ni las leas. Pero a pesar de eso, seguirán siendo sinceras, como todas y cada una de las cosas que han salido de mi boca. Y ojalá algún te des cuenta y no te duela.

Supongo que lo que me queda es decirte «adiós». Sé feliz. Siempre.

Fmdo. Quizás  un «tú»

Mirando dentro de ti. El Alquimista #PabloCoelho

Había leído ya en una ocasión El Alquimista. Una persona muy especial para mí me lo había recomendado con tanta ilusión, que no pude negarme. Recuerdo que sus palabras me convencieron por completo cuando me dijo que este libro significaba mucho para él. Que en cierto modo representaba algo importante, ya que había llegado a sus manos sin querer, quizás para darle forma a algo que habitaba en su interior y no sabía como exteriorizar, puede que para dar forma a una idea que lo había acompañado siempre sin él percatarse, o tal vez para ayudarlo en los siguientes pasos que debió tomar en esa edad en la que la lectura de este libro dejo su huella en él.

El caso es que esa primera lectura de este ejemplar no me dejó indiferente, pero creo que el momento que vivía no me dejó interiorizarlo por completo como debería. Eran tiempos demasiado felices, demasiado positivos, llenos de demasiadas ilusiones que se veían casi cumplidas… y supongo que dependiendo del estado que padezcamos, asimilamos la historia que narra de uno u otro modo. Me di cuenta en esta segunda lectura, que El Alquimista es más un empujón a salir de un bache, a ver la luz donde crees que ya no aparecerá más, que una lectura de entretenimiento o análisis como tal. Va un poco más allá de todo eso. Por ello quizás en esta ocasión, la historia del pastor Santiago en manos de Pablo Coelho ha calado hondo en mí, porque mi situación es distinta, mi necesidad es distinta y por tanto, al acabar su lectura, yo he vuelto distinta también.

DesiertoEl Alquimista es una historia que narra un momento de la vida de un joven pastor andaluz llamado Santiago, que camina en busca de su Leyenda Personal “aquello que siempre deseó hacer”, siguiendo las señales que se le presentan a cada paso que va dando con ese “lenguaje que va más allá de las palabras”, todo a raíz de un sueño que se le presenta repetidas veces. A lo largo del camino, encontrará a muchas personas que le enseñarán tanto como él a ellas, personas que como él, buscan su Leyenda Personal.

Es justamente la posibilidad de realizar un sueño lo que hace que la vida sea interesante. Cuando todos los días parecen iguales, es porque las personas han dejado de percibir las cosas buenas que aparecen en su vida y quizás sea entonces cuando nos debamos replantear, ¿qué me está pasando? Porque tenemos un serio problema. Ya no vemos lo que tenemos frente a nosotros, no percibimos lo bueno y a veces ni lo distinguimos de lo malo. Desechamos o cambiamos todo aquello que nos hace bien, no porque no lo sigamos necesitando o queriendo, sino porque ha perdido la importancia que se merece. ¿Por qué? Porque no sabemos lo que queremos. Porque estamos perdidos y necesitamos encontrarnos de nuevo. Pero no. La respuesta no es apartar de nosotros todo eso que nos aporta felicidad o bienestar, si no cuidarlo y dejar que nos ayude a encontrar ese camino, porque esa es la primera señal.

Santiago se sentirá desanimado y tentado a renunciar a su sueño, pero las señales y su decisión de seguirlas, junto al valor que de él nace, harán que cada día se acerque un poco más a su destino. No dejará de estar presente el miedo al cambio, a dejar atrás lo que ya conoce y con lo que se siente “bien”, o lo que es lo mismo, no dejará de estar presente ese miedo a ser feliz que todos tenemos, aunque no lo admitamos, pero luchará contra ello en cada uno de sus pasos. En su camino aprenderá que todo en la vida son señales, que las coincidencias no existen porque todo es una cadena misteriosa que va uniendo una cosa tras otras, y algo que será muy valioso para él: que para ser feliz, no hay que vivir en el pasado ni en el futuro, sino en el presente y que cuanto más cerca del sueño, es todo más difícil. Pero hay que ser valiente y persistente, porque si te impacientas, pierdes la capacidad de ver las señales, y por lo tanto pierdes la oportunidad de conseguir lo que deseas.

En su camino conocerá también a su gran Amor, y lo que la palabra en sí significa realmente, y será Fátima, una mujer del desierto, quien se lo enseñe. Ella supo que el pastor era el regalo que siempre esperó, que había llegado siguiendo sus propias señales hasta ella, porque era parte de su sueño y ya formaba parte de él. Por eso, sin miedo y por amor, anima a santiago a seguir sus sueños una vez más y llegar hasta su tesoro, porque ella a pesar del tiempo que tarde en volver, lo seguirá esperando. Le enseñó a amar sin posesión y que cuando se ama, todo adquiere más sentido.

– Maktub -añadió ella-. Si yo soy parte de tu Leyenda, tú volverás algún día.
– Yo te amo porque todo el Universo conspiró para que llegara hasta ti -dijo él.

Y es que cuando se ama no tenemos ninguna necesidad de entender lo que sucede, porque todo pasa a suceder dentro de nosotros. Cuando amamos, siempre deseamos ser mejores de lo que somos y cuando buscamos ser mejores de lo que somos, todo a nuestro alrededor se vuelve mejor también.

 Cuando Santiago llegue al final de su camino, se dará cuenta de muchas cosas. Entre ellas, que nadie consigue huir de su corazón y que es mejor escucharlo, porque jamás conseguirá callarlo. Se dará cuenta también de que  cuando se tienen delante los grandes tesoros, nunca los reconocemos, porque el hombre no cree en ellos y verdaderamente no cree merecerlos, y que por ello, en su mayoría las personas no buscamos nuestras Leyenda Personal, nuestro sueño. Y señores, solo existe una cosa que hace que un sueño sea imposible: el miedo a fracasar.

Cuando quieres algo realmente, todo el universo conspira para ayudarte a conseguirlo. La gente siempre está en condiciones de realizar lo que sueña, pero debe querer realmente hacerlo. Y en base a las decisiones que uno mismo tome para alcanzarlo, se creará un destino propio y único. Sólo nuestro. Porque lo único que puede frenarnos en ese camino, es la propia incapacidad del ser humano de escoger su propio destino, de lanzarse, de dejar el miedo atrás y seguir adelante, en vez de huir de él.. Eso es lo único que nos puede llevar a alcanzar nuestra Leyenda Personal, y por lo tanto a ser verdaderamente felices. Y como en casi todo, solo aceptaremos esta verdad cuando previamente la neguemos desde el fondo del alma.

 


No soy ni más, ni menos feliz que antes de leer El Alquimista. Ni más, ni menos triste tampoco. Simplemente ahora puedo decir que estoy un poco más en paz, sobre todo conmigo misma y con mi conciencia, pero supongo que también con el Mundo. Y me consta que a muchas personas que también lo han leído, les ha ocurrido lo mismo. Digamos que este libro te da mucho en lo que pensar. Te da muchas pautas para analizarte a ti mismo, sólo tú, sin que nadie más pueda juzgarte. Es un combate a muerte entre el tú que eres y el tú que deseas ser. Y como en todo lo demás, tan sólo tú decides si quieres que esa lucha se quede en el olvido cuando cierres el libro, o si por el contrario, sigues siendo consecuente con ese deseo de alcanzar por fin lo que siempre habías deseado, y seguir peleando por aquello en lo que crees, por aquello que anhelas, por aquellos que quieres.

Desde mi humilde opinión, es una obra excelente. No dejéis de leerlo. Saludos!!

Tú, en blanco y negro.

“Te veo. En blanco y negro. Y siento que no necesito ningún otro color para verte mejor. Porque así, sin aditivos, al natural, es como mejor puedo ver tu interior. Aunque no quieras. Aunque intentes ocultarlo. Aunque intentes protegerme de él. Porque así es como veo todo lo que escondes tras esa sonrisa que oculta tus demonios.”

Dicen que observar una foto en blanco y negro de una persona, es la mejor forma de conocerla, de verla tal cual es. Y así es. Lo hice aquella noche sin tú saberlo, mientras dormías… te saque una foto y te vi. Ya ese día te vi. Vi las dudas, los miedos y las lágrimas que vendrían con todo ello. Y aún así, seguí mirándote como el primer día, con cariño, con amor… con esperanza y con atención. Pero ya te había visto. Y me dió igual. Porque sabía que conmigo todo iba a ser diferente. ¿Lo sabía? Sí. Lo sentía y sabía que tú también. A pesar de que el final no llegase a ser el que esperábamos.

El destino también se siente

¿Cómo sabes realmente si esa persona es para ti, si es tu destino, si es tu mitad?
Supongo que es simple. Se siente.

hilo rojo

Desde el primer momento en el que l@ ves, sabes que es especial. Pero no sabes por qué. Sabes que te hace feliz tenerl@ cerca. Pero no sabes por qué. Sabes que puedes desnudar tu interior sin miedo a que te haga daño. Y sigues sin saber por qué. No tienes una certeza clara del motivo porque el que, en ese momento, sabes que es para ti.
No es que de repente se convierta en tu todo. Porque tú ya lo eres todo. No es que de la nada se convierta en tu luz. Porque tú mism@ ya tienes tu luz. Ni tampoco es que todo vaya a ser más fácil. Porque lo fácil y lo difícil lo decides tú. Lo sientes.
Sientes algo que te dice que va a ser importante en tu vida. Sabes que será para siempre. Así es como empieza todo. Por sensaciones.
Quizá existan momentos en los que las dudas te acechen, porque es tan intenso, tan profundo, que no eres capaz de sobrellevar tanto junto. Quizá existan momentos en los que pienses que ese sentimiento inicial fue equivocado, que ese sentimiento significaba otra cosa. Quizás tengas miedo.
Pero debemos ser conscientes de algo muy básico y muy importante al mismo tiempo: si sientes algo, si sientes que le quieres, si sientes que esa persona es imprescindible en tu vida.. si sientes que es parte de ti, no busques en esa persona sólo una parte de ella. No la busques sólo como pareja. Ni sólo como amiga. Ni tampoco sólo como una transición en una etapa de tu vida. Descúbrela y quiérela en todas sus formas. Porque si es capaz de regalarte una de ellas sin dudarlo, es porque te las daría todas.
Porque en esta vida en un segundo no se consigue el todo o la nada. Porque si en el primer instante que la viste supiste que era especial, vale la pena.

Supongo que todo pasa.

Cuando la pena te atrapa, la melancolía te acecha y los recuerdos no te dejan en paz, da igual lo mucho que lo intentes. Da igual que creas estar “bien” durante un tiempo. Da igual que intentes por todos los medios mentalizarte de algo que aunque no has decidido, ha sucedido. Da igual todo. Duele.

Intentas no pensar. Intentas disimular. Pero siempre aparece algo que te apena de nuevo. Cada puto día. Intentas sonreír, y entonces ya nadie te cree. Hasta los que no te conocen saben que esa mueca es falsa. Y los que te conocen… esos guardan silencio para no dañarte más.

“Supongo que todo pasa.” Te dices. Intentas mentalizarte de ello, y sin embargo no te lo crees para nada. Porque sabes cómo eres, sabes lo que sientes y lo que te cuesta. Porque en el fondo sabes que eso que te apena nunca desaparecerá. Simplemente se hará un poco más leve. O llevadero. O algo así.

Pero lo ves demasiado lejos. Hasta imposible. Y eso que sabes que no te vas a morir ni que se acaba el mundo, que en la vida siempre pasarán cosas que te superan. Al fin y al cabo estás llena de cicatrices y eres consciente de ello. Pero pensabas que ya no había cabida para más. Que por fin parecía que todo se había puesto a tu favor y las cosas empezaban a marchar bien. De cero. Pero una vez más, qué equivocada estabas.

Y duele. Y da pena. Y lo sientes con toda tu alma. Esa que ahora mismo no reconoces porque se ha perdido entre las lágrimas que eres incapaz de frenar. Porque está borrosa, sin vida, sin ganas ni ilusión. Porque se ha muerto un poco y cada día lo hace un poquito más, con cada pequeño golpe que va sufriendo día a día, sensación a sensación, problema a problema, recuerdo a recuerdo…

Pero todo llega. Todo pasa… no sabes cuándo. No sabes si será cierto. Sólo sabes que es lo que necesitas para poder decir que estás bien. Sin mentirte a tí misma.

chica borrosa

Líneas a 2 bandas: “Me&You… We”, “Ella”

Me&You… We

Apoyé mi cabeza en el cristal, llovía y el sonido me relajaba, echaba de menos oír el repiqueteo del agua al caer junto a él. Pero ya se había marchado. Echaba de menos su olor, su tacto, su voz al susurrarme “buenos días princesa” cada mañana. Seguía sin acostumbrarme a no tenerlo conmigo y respirar su presencia a cada momento del día. Pero lo seguía sintiendo en mi piel, como una huella que sabía que nunca desaparecería.
Llamaron a la puerta y desperté de mi ensoñación. Había perdido la noción del tiempo, o del destiempo. Ya no sabía ni que hora era. Volvieron a llamar insistentemente y cuando abrí no había nadie. Miré por todos lados y entonces reparé en un sobre colocado en la ranura de la puerta, era color marfil y contenía una tarjetita: ” Tenemos una cita, viernes a las 19h en el café Poniente”.
No podía ser.. ¿o sí? Me vestí a toda prisa, cogí el bolso, metí el sobre en él y me dirigí al lugar. Algo me decía que él me estaría esperando allí, en nuestro rincón preferido, donde conocimos. Mi sonrisa me lo decía, y el corazón me lo gritaba.
Cuando entré en el local, me dirigi directamente a la terraza. Sus vistas a través de ese gran ventanal acristalado, hacia un horizonte cubierto de árboles, hiponitizaban. Apenas me di cuenta cuando alguien se acercó a mí por la espalda, y entonces… me cubrió los ojos con sus manos. Su aroma lo delató y sólo pude suspirar al mismo tiempo que mi sonrisa se ensanchaba. No me hizo falta girarme, sabía que era él, sentía su aliento cerca y sus labios que al moverlos provocaban un escalofrío en mí, mientras me decía: “Tranquila, todo irá bien”. Cerré los ojos y dejé que la brisa acunara mi pelo. Sentía el viento acariciar mi cara, sus manos me cogian y yo no me soltaba. Cuando abrí los ojos sentí mis lagrimas caer lentamente. Sentí el escalofrío que te deja el frío que te alcanza cuando un cuerpo se despega de ti. Bajó sus manos hasta mi cintura, para rodearla con fuerza, y abrí los ojos para ver su reflejo en el cristal y por fin, después de mucho tiempo lo entendí. Lo que veía frente al espejo ya no era mi reflejo, sino nuestro. Y esta vez, para siempre.

Colaboración con Isabel Yeah

Me&You-We

 

Ella

Y sufrió como nunca lo habia hecho, con un dolor que le atravesaba el alma. Las lágrimas la vaciaba por dentro, en un intento fallido de eliminar todo el pesar que la comsumía. Pero no había opciones, su única salida era luchar, sacar aquella rabia y seguir adelante. Hubo un día en el que se habría rendido. Pero ya no quedaba nada de aquella mujer. El día a día le había enseñado que la vida es un lucha constante por sonreír, por salir a la superficie a coger aire cuando sientes que te ahogas, por pelear por aquello que deseas y olvidar aquello que no necesitas o te hace mal.
Se pintó la sonrisa social, cogió su bolso y salió a la calle donde el aire puro inundó sus pulmones. Sus tacones resonaban en la acera, pisaba con la fuerza que da el amor y el coraje,y sus pasos la llevaron hasta aquella desvencijada puerta. No dudó en si llamar o no. Al girar su vieja llave en el cerrojo de la puerta, esta se abrió, al mismo tiempo que los miedos que todavía le quedaban e intentaban salir a flote, se desvanecían por completo. “Ahora o nunca”, se dijo.
Y así fue como retomó las riendas de su vida, como, al cerrar la puerta, dejaba tras de sí la mujer que todos esperaban, para volver a ser la mujer que era, la mujer que lo enamoró, la que había vuelto a buscarlo también a él para reescribir juntos su historia.
La mujer que usó la llave de su vida para luchar por sus sueños.

Colaboración con Carmen Tovar

Ella